Mi parto: el día más mágico de mi vida

Hoy os traigo un post muy personal. El día más mágico, íntimo y puro de mi vida: la llegada de Nicolás.

Mi fecha de parto estimada era el 10 de enero de 2016. Y la verdad, que a parte de sentirme muy pesada y andar como un pingüino, no tenía síntomas de que el parto estuviese cerca. Todas las que hayáis estado embarazadas sabéis lo pesado que se hace el último mes cuando TODO el mundo empieza a preguntar si el bebé aún no ha llegado, cuando es obvio que NO 🙂 Yo no tenía prisa, me sentía algo cansada, pero sabía que mi bebé llegaría cuando estuviese preparado, en el momento perfecto. No había perdido el tapón mucoso, no tenía ni contracciones de parto (Braxton hicks), nada que indicase que el parto estaba cerca. Me había hablado del síndrome del nido, pero no pensaba que pudiese ser tan real. Y de repente un día en la recta final de mi embarazo me puse a reorganizar y ordenar como loca las cosas del bebé y la habitación y me di cuenta de que estaba sufriendo el famoso “nesting instinct”.

Nicolás nunca había sido un bebé muy movido, durante casi todo el embarazo había estado boca abajo tranquilo y sin darme muchas patadas. Pero el 27 de diciembre no lo noté en todo el día y me asusté. Como era madre primeriza pensaba que serían cosas mías, pero al consultarlo con una amiga de la familia que era médico, me recomendó que fuese al hospital para asegurarme de que mi bebé estaba bien. Y para allá que fuimos mi padre y yo. Estuve monitorizada una hora y Nicolás estaba perfecto, solo que era tan grande y estaba tan encajadito que apenas tenía espacio para moverse. La matrona, Bea, una chica joven y encantadora, me trató con mucha delicadeza y me dijo que todo iba bien y que hasta había tenido contracciones. Por suerte yo ni las notaba. Fue tan dulce que recuerdo que al despedirme le dije que ojalá estuviera ella trabajando el día que yo me pusiese de parto, ya que así estaría con alguien que ya “conocía”.

Pasé las navidades sin comer demasiado, Nicolás ya no me dejaba espacio para mucho más, y una vez pasada la barrera del 31 de diciembre (no quería que naciese el último día del año y prefería cumplir las 40 semanas), pensé “A partir de ahora puedes venir cuando quieras pequeño”.

Mi hermano, que en aquel entonces estaba en Croacia de Erasmus, había venido tres semanas y regresaba a Croacia el lunes 11 de enero. Así que en silencio rezaba porque mi bebé naciese antes de que mi hermano volase de vuelta. Pero Nicolás decidió que aún no era el momento.

El 10 de enero caía domingo y como ya salía de cuentas me dieron cita para ir a monitores el lunes 11. Ese domingo por la mañana, si mal no recuerdo, fui a andar como casi todos los días, a ver si con suerte empezaba a moverse el tema. Recuerdo que mi padre siempre me decía lo lenta que iba, y tanto que iba lenta!Me pesaba la barrigota que tenía, me dolían las ingles cada vez que andaba y la espalda me estaba matando. Esa noche me fui a la cama algo “enfadada”, y es que aunque no tenía prisa por dar a luz, no quería que me tuviesen que inducir el parto.

Al día siguiente, con 40+1 semanas, fui a cintos a las 9:00. Con mi carpetita debajo del brazo, recuerdo que era un día de mucho sol, de hecho, esa semana había estado haciendo muy bueno para ser enero en Vitoria. Yo seguía sin notar contracciones, ni pinchazos, nada de nada. Y allí estuve, como el resto de embarazadas, una hora tumbada leyendo “Como no ser una drama mamá” mientras monitoreaban a Nicolás. Cuando terminé, pasé a la consulta de la ginecóloga y me dijo que aunque había tenido alguna contracción, estaba “muy verde” y que si para el lunes siguiente no había dado a luz, tendríamos que plantearnos la posibilidad de inducir el parto. Me fui a casa muy cabreada, no quería que me indujesen el parto y sabía que aunque era algo de lo que tenían que advertir, también añadía cierta presión a esa fecha estimada de parto que no es más que eso, una fecha estimada. Ese día estuve insoportable, no me aguantaba ni a mí misma. Mi hermano ya volaba de camino a Zagreb y estaba claro que ya no iba a ver a su sobrino a las horas de nacer.

Para despejarme, fui con mi amiga Jenny a tomarme algo. Me acuerdo de como tomando café le dije la buena pinta que tenían unos brownies que estaban en la barra y me dijo “Anda mami, tómate uno, que igual así viene Nicolás”. Y al final cedí 🙂 Cuando terminamos los cafés, nos acercamos a una librería y decidí comprarme un cuaderno de mandalas para colorear y así evadirme un poco. Me acuerdo que me puse a pintar como una posesa, no quería pensar en que había pasado ya mi fecha de parto y quería relajarme. Esa noche, apenas cené, ni tenía hambre ni estaba de humor. Creo que fruto de las hormonas también. Y es que aunque todavía no lo sabía, el parto estaba muy cerquita. Me despedí en el chat de amigas y ya en pijama mi madre y yo nos quedamos viendo la película de “Sherlock Holmes”.  Y de repente, a las 23:15 noté cómo rompía aguas. Incrédula, me levanté y le dije a mi madre “Creo que he roto aguas”. Y en efecto. Mi madre avisó a mi padre, que ya estaba en la cama y yo avisé a mis amigas, que emocionadas no podían contener la alegría. Recuerdo como mi madre me dijo “¡Lorena, hoy vas a conocer a Nicolás!”. Y es que no podía creerlo, ya estaba, después de 9 largos e intensos meses llenos de emociones, en unas horas lo conocería.

Como mi bolsa del hospital llevaba lista un mes, tomé una ducha y me cambié de ropa. Aunque el agua no paraba de salir!Eso es algo que no me habían contado. Yo pensaba que rompías aguas una vez y ya está, pero no amigos, eso no paraba!Se palpaba el nerviosismo en el ambiente, de esos nervios buenos, de expectación, de ganas. Aunque mis padres viven muy cerquita del hospital, decidimos ir en coche, por lo que pudiera pasar. Al fin y al cabo, no sabes cómo de rápido pueden suceder las cosas. Y sobre las doce de la noche, al ritmo de Drake, llegamos al hospital. Allí le dije a mi padre que marchase a casa, porque yo sabía que aunque había roto la bolsa, aún no estaba de parto. No tenía ninguna contracción ni molestia y era imposible que estuviese dilatada. Mi madre y yo subimos junto a un celador a la sala de dilatación donde me esperaban las matronas. En el ascensor entre risas, comentamos toooodo el agua que quedaba por salir de la bolsa donde había crecido Nicolás durante todo este tiempo. Cuando llegamos a la planta, les entregué mi plan de parto, del que por cierto os hablaré en un post. Y pasé a una consulta donde verificaron que aunque tenía la bolsa rota, apenas estaba dilatada de 1 cm. No me sorprendió, ya que me encontraba como una rosa. Las matronas me dijeron que me quedaría ingresada y que si para las 8:30 de la mañana del día siguiente no había avanzado el tema, valorarían inducirme el parto. Mientras esperábamos en dilatación a que me asignasen una habitación, oímos un parto. ¡Y qué parto!Aquella mujer no paraba de gritar y yo miraba a mi madre como diciendo “así va a ser mañana?”. Ella me tranquilizó y me dijo que no, que ella sabía la fuerza física y mental que yo tenía y que sabía que con mi autocontrol tendría un parto estupendo. Ese parto que escuchamos me emocionó. El último empujón y el silencio antes del llanto del bebé de aquella mujer fue algo increíble. Cuando oí a su bebé llorar con esa energía se me saltaron las lágrimas. Miré a mi madre y le dije, “¿Pero ves?Merece la pena”.

Poco después de escuchar dar a luz a aquella mujer, subimos a la habitación. Cuando entré ví a una mamá con su recién nacido de apenas un día de vida y pensé “no puedo creer que esa vaya a ser yo en unas horas”. Mi madre y yo decidimos que lo mejor era que mi madre se fuese a casa a descansar, y que si me ponía de parto repentinamente, la avisaría. Pero por algún motivo yo sabía que esa noche Nicolás no nacería. La matrona me dió la razón y nos dijo que había que guardar fuerzas para el día importante, que era el del parto. Cuando mi madre se fue, me tumbé en la cama e intenté dormir. Para entonces ya era la una de la mañana y yo sabía que necesitaba descansar para lo que venía. Esa noche tuve contracciones cada diez minutos, y entre respiraciones y aleteo de abanico (bendito abanico!), me dieron las 8.30 de la mañana.

La matrona pasó algo antes de tiempo y nos indicó a dos parejas y a mí que era la hora de bajar a dilatación. Me apresuré a llamar a mi madre para que viniese cuanto antes. El día anterior se me habían olvidado las zapatillas de casa, así que podéis imaginarme con ese bombo tan enorme, el camisón y en calcetines andando por el pasillo del hospital de camino a dilatación. Era emocionante pensar que el momento había llegado. Y lo mejor de todo es que estaba muy tranquila y segura de que todo iba a salir bien. A pesar de que me hubiese encantado un parto no inducido, sabía que por las horas que llevaba con la bolsa rota y por la salud de mi bebé, lo mejor era eso. Así que acepté. Yo iba muy informada, había hecho prácticamente un máster durante el embarazo sobre cuáles eran mis opciones y cuáles eran todos los posibles escenarios con los que me podía encontrar. Así que tanto para las matronas como para mí eso fue de gran ayuda. Nos ahorramos muchas preguntas y explicaciones y la toma de decisiones fue más rápida.

Al rededor de las 8:40 mi madre llegó al hospital. Y entonces llegó la que iba a ser mi matrona y la que iba a traer al mundo a mi hijo. Y no os la váis a creer, era Bea!La matrona que en diciembre me había atendido en cintos!Se me abrió el cielo cuando la ví y me pusé muy feliz de poder tener conmigo a alguien tan dulce y que al menos conocía de vista. Ella también se acordaba de mí y desde el primer momento, junto con su compañera se creó un ambiente genial de complicidad. A los pocos minutos me informaron de que estaba de 2 cm. Bea me preguntó cuál era mi idea de parto y yo le dije que quería un parto natural, pero que como sabía que lo mejor en ese momento era ayudarme a inducirlo con oxitocina, que poco a poco iríamos tomando decisiones sobre la marcha. Mi idea era parto natural no medicalizado, pero como Nicolás decidió romper la bolsa, mi parto dió un pequeño giro.

Sobre las 9 empezaron a administrarme oxitocina. Yo sabía que las contracciones de oxitocina NO eran iguales que las naturales. Con la oxitocina las contracciones no aumentan progresivamente, si no que lo hacen de manera más rápida, o al menos en mi caso. Y había leído que también, mucho más dolorosas. Sabía que con oxitocina era mucho más difícil aguantar el dolor, ya que no era algo natural digamos. En poco más de hora y media, hacia las 10:30 de la mañana, ya estaba teniendo contracciones cada minuto y medio y cada contraciión duraba 40-50seg. Así que como podéis imaginar poco descanso entre una y otra. Aún así hubo tiempo para risas. Yo, que había empezado con una coleta monísima y sentada con mi abanico, empecé a tener mucho calor y me recogí el pelo en un moño. Cuando Bea volvió le pedí la pelota “fitball” para poder sobrellevar el dolor de las contracciones de mejor manera. Mi madre mientras tanto me abanicaba y me daba Aquarius para reponer fuerzas. ¡No sabéis lo que pueden cansar las contracciones!Esataban empezando a ser bastante insoportables y decidí comprobar de cuántos cm estaba. Aún así, cada vez que las matronas entraban en la habitación se sorprendían de la juerga que mi madre y yo llevábamos. En hora y media ya había pasado de 2 a 5 cm. Aquello iba bastante rápido y el dolor aumentaba rápido a su vez. Yo sabía que llegar a 10 cm podía costarme una hora o 10. Y me daba miedo estar agotada para entonces. Lo hablé con mi madre, pedí consejo y al final decidí pedir la epidural. No era lo que quería en un principio, pero también es verdad que siempre había dicho que si mi parto era inducido iría decidiendo sobre el momento, porque la historia es bien distinta.

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Y entonces sobre las 11:30 o 12 vinieron a ponerme la epidural. Recuerdo que me sorprendió lo joven que era el anestesista. Mi madre tuvo que salir y Bea me acompañó en todo momento, sosteniéndome las manos y ayudándome a respirar. Cuando terminaron, mi madre volvió y me dijeron que en unos 15 minutos ya habría hecho efecto y que notaría alivio. También me dijeron que aunque el dolor se iría, podría notar presión por las contracciones. Yo, que había leido a Ina May Gaskin (conocida matrona estadounidense a favor del parto natural y humanizado) tantísimas veces durante mi embarazo, en ese momento empecé sin pensarlo a poner en práctica sus recomendaciones. Os vais a reir, pero el dolor era taaan intenso que respiraba casi casi como un caballo. Y es que el parto es lo que tiene, que nos lleva a nuestro lado más animal, más mamífero. Ese lado que se nos ha olvidado o que nos han hecho olvidar, esa faceta con tanto instinto, tan salvaje. Pasaron los 15 minutos de rigor y aquel dolor no se iba. A mí las contracciones no me dolían como me lo habían contado, yo notaba una presión increíble en la vejiga, cada contracción era presión máxima. Y aún con la epidural seguía notando exactamente el mismo dolor, en aumento. Y entonces pregunté “¿Qué se supone que tengo que sentir?”, y me dijeron “Deberías de no sentir nada de cadera para abajo”. Y ahí es cuando dije, señoreeeees la epidural no me está haciendo efecto. Y en cuanto terminé esa frase mi cuerpo, muy sabio él, me hizo vomitar casi como recordándome que yo no quería eso. Ese momento aunque suene irónico, fue muy gracioso. Recuerdo avisar de que iba a vomitar a Bea pero al no darme tiempo, me vomité encima. Ya sabéis, el glamour del parto. Y me acuerdo que entre risas le dije “la que hemos liado pollito!”:) A pesar del dolor, reímos mucho en aquella sala. El anestesista vino a comprobar que todo iba bien, pero yo vomité otras 5 veces seguidas de esa. Cada vez que vomitaba pedía perdón, y no paraba de dar las gracias cuando me ayudaban o me limpiaban. Ellas sorprendidas me recordaban que estaban allí justamente para eso, para acompañarme en el camino.

Ya os dije en el primer post que yo creo en la ley de la atracción y en este caso no iba a ser menos. Toda mi vida había dicho que quería sentir nacer a mi hijo, que no quería epidural ni medicamentos el día de mi parto. Y mis deseos fueron órdenes. Al ver que la epidural no me hizo efecto ninguno, les dije a los médicos que no quería que me administraran nada más. A partir de ahí seguiría sin epidural, y aguantaría lo que fuese. Al final lo estaba pasando peor por los vómitos que por el dolor.

Sobre la 13:00 me dijeron que estaba de 7 cm y medio y que si quería podía empezar a empujar para que Nicolás fuese bajando poco a poco. Miré a mi madre y con la mirada le pregunté que qué creía. Ella me dijo “hija, ya no te queda nada y si has llegado hasta aquí sin anestesia, ya está hecho”. Así que decidí seguir adelante y empezar con los pujos. Lo bueno de sentir todo es que tu cuerpo, que es tan sabio y perfecto, te indica cuando debes empujar. No hace falta que una matrona cuente como en las películas ni te diga cuándo, simplemente tú sientes las ganas de empujar. De hecho a mí, empujar me aliviaba el dolor. Cada contracción la utilizaba como fuerza para empujar a mi bebé un poquito más cerca de este mundo al que iba a venir.

Bea y su compañera me animaban junto a mi madre y me decían lo bien que lo estaba haciendo y lo pronto que vería a mi bebé. En un momento Bea le dijo a mi madre que se acercara a ver la cabecita, que al fondo se distinguía. Bromeamos con la de pelito que tenía y con cómo cada vez que empujaba se le movía “el churi”. Llegó un momento en el que perdí la noción del tiempo. Tenía mucho calor y entre contracciones cerraba los ojos y me quedaba prácticamente dormida por unos segundos. Mi madre alucinaba con el poder de abstracción que tenía. Para mí esos segundos eran vida, eran la oportunidad de coger fuerzas para la siguiente ola de dolor que venía.

Nicolás ya estaba casi casi en este mundo y era hora de pasar a paritorio. Entonces, alargué mi mano y toqué su cabecita, llena de pelo como la habían descrito. Siempre me habían dicho que en el momento que sientes que no puedes más, el final del parto está muy cerca. Hubo un momento, mientras preparaban el paritorio, en el que miré a mi madre y le dije “no puedo”. Y ella me dijo “Tranquila Lorena, ya está hecho”. Recuerdo como sentada en aquella camilla, sin poder contener las ganas de empujar, vi cómo abrían las puertas del paritorio, y para mí fue casi como si se me abrieran las del cielo.

Sabía que el momento ya llegaba, ahora sí. Y en el corto trayecto de aquella salita al paritorio, no pude evitar seguir empujando. Si si, camilla en movimiento y servidora empujando. Y lo más surrealista venía ahora. Ya en paritorio me dijeron que tenía que cambiarme de camilla y dije “¿yo sola?. Me parecía imposible moverme, con la cabeza de mi hijo casi fuera y en ese estado de una camilla a otra, pero lo hice. No sé de dónde saqué las fuerzas, y con mi hijo a puntito de nacer me arrastré de una camilla a otra. ¡Y es que las mujeres somos tan poderosas!

Incorporada cogí todas las fuerzas que me quedaban y en tres empujones, un martes 12 de enero de 2016, a las 14:30, llegaba al mundo mi hijo Nicolás pesando 3,910kg y midiendo 52.5cm. Escribo esto y se me saltan las lágrimas. En cuanto lo ví me eché a llorar, era tan perfecto!Mi madre no podía parar de reir de alegría y yo no podía parar de llorar. Cuando me lo pusieron sobre mi pecho se paró el tiempo. Él, que durante todo el embarazo me había traído tanta calma, estaba tranquilo, expectante, observando, ni siquiera lloraba.

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Lo sostuve fuerte entre mis brazos y le olí la cabecita. Nunca se me olvidará ese olor dulce a recién nacido, algo indescriptible y un auténtico regalo. Su piel rojita, sus ojos rasgados, su pelo negro, sus manitas, examiné cada centímetro de su cuerpo. Y él se amarraba fuerte fuerte a mí, con sus bracitos largos, como diciendo “Mamá, ya estoy aquí, y estoy para quedarme”. Fue un parto precioso, en mucha paz y del que no podré estar más agradecida. Di las gracias mil veces al equipo médico, a mi madre, a mi hijo, por haber trabajado en equipo junto a su mamá, y sobre todo a la vida. Por darme un parto increíble y un hijo sano y perfecto. ¿Qué más podía pedirle a la vida?Antes de pasarme a la habitación recuerdo la primera vez que mi bebé me miró. Con esos ojos rasgados tan preciosos que tiene, y esa mirada penetrante que no se me olvidará jamás. El calor de su cuerpecito contra el mío era algo tan mágico…Hicimos piel con piel durante muchas horas, algo mágico, un momento de conexión máxima que no se puede describir. Ahí estaba mi pequeño, mi hijo. El hombrecito que había imaginado durante 9 meses. Lo miraba y no podía creer que yo hubiese creado a ese ser tan perfecto. Cada vez que pensaba en lo lejos que habíamos llegado y lo miraba, se me saltaban las lágrimas. Y es que para mí es un orgullo y un regalo ser tu mamá, “my little monkey”. Llegaste a mi vida por sorpresa, pero viniste para darle más sentido, y yo no puedo estar más agradecida por este regalo que me ha dado la vida: TÚ, MI HIJO, NICOLÁS.

 

¿Cómo fue vuestro parto?¿Tal y como lo imaginabáis?¿Cuáles fueron vuestras sensaciones?

 

 

 

9 comentarios en “Mi parto: el día más mágico de mi vida

  1. Jenny dijo:

    Y una vez más, tia Jenny llora leyendote mami! ☺️

    No se me olvidará nunca el día que nació… desde el browni ( que fue el detonante, lo sabemos jaja) cuando noa avisaste que habias roto aguas, despertandome cada rato esperando un: aquí está Nicolás. Toda la mañana con el movil encima mirandolo cada ratito esperando la gran noticia… hasta que llegó y no podía dejar de mirar la foto, y esperar a que me avisases para ir ( que todos sabiamos que iban a pasar 5 minutos desde el aviso a mi llegada 😂)
    Me parecía tan increible verte con Nico… que ya estaba aquí… principito… es q me sigo emocionando! Mi pequeña bola, cuanto os quiero! 😘😘😘😘

    Podia haber vivido en el hospital con vosotros… me costaba la vida irme… eso si, en cada visita, un book… jajaja creo que al dia le saqué unas 100 fotos … pero es que cada movimiento era una foto… dios que muñequito!

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    • Lorena Santamaria dijo:

      Ayyyy mi Jenny!!!Cómo te queremos!!Aunque no de sangre, sabes que eres nuestra tita preferida y Nicolás va a estar super feliz de tener a una tita tan molona!Luego se convertirá en el primo Zumosol para cuidar de los tuyos, verás!😂 Te mandamos abracito!!!

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  2. Mar dijo:

    Después de tener a mis dos hijos, ese día fue tan especial…… Aunque tenía miedo de ver sufrir a mi hija….cosa k no sucedió…..de lo bien k lo hizo y lo bien preparada k estaba…..no podía dejar de mirar a Nicolás…k subidón!!!!! No lo cambio por nada…ver nacer a tu nieto es lo más maravilloso k m ha sucedido!!!!

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  3. Mamá Pingüino dijo:

    Qué bonito es leer un post así! Creo que cada parto es especial y mágico. El mío fue muy largo tb, lo cuento en mi blog. Comenzó como el tuyo con rotura de bolsa pero al poco empezaron las contracciones también. Lo que me llama la atención es que sacaran a tu madre para la epidural. A la mía la dejaron. Incluso con los fórceps! Eso es algo anormal, ni siquiera en el otro hospital de la provincia dejan pero yo tuve esa suerte. En mi caso desde ingreso hasta terminar mis horas de piel con piel con mi hijo todo se realizaba en un mismo lugar, un paritorio. Eso es una gran ventaja porque sientes ese sitio como tuyo y no tienes que estar cambiando. Fuiste una valiente!

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